Tomado de Diario de Cuba.

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Por: ALBERT SERGIO LAGUNA

Antes de comenzar mi programa de postgrado sobre la cultura popular cubana, creía que los miembros de mi familia eran las personas más cómicas y originales del planeta. Esta opinión duró hasta que escuché a Guillermo Álvarez Guedes, me senté con sus 32 discos y me enfrasqué en la envidiable tarea de abrirme camino a través de su obra. No necesité mucho tiempo para darme cuenta de la innegable realidad: todos en mi familia se habían estado robando los chistes de Álvarez Guedes por años.

Mi historia no es única, ni debe serlo. He escuchado sus chistes una y otra vez a través de las redes informales en las cuales estos viajan —de persona a persona y cada vez más por medio de correos electrónicos y sitios como youtube.

Fue precisamente por medio de redes informales que Álvarez Guedes tuvo la oportunidad de cruzar fronteras con su sentido del humor. Se cuenta del contrabandeo de sus discos, introducidos clandestinamente en Cuba y disfrutados por cubanos que eluden las restricciones del Gobierno a cambio de una buena carcajada. Su obra también atraviesa fronteras generacionales. Desde la noticia de su muerte, abundan los comentarios de cubanoamericanos que recuerdan sus discos como una especie de banda sonora cómica de su infancia.

Una de las formas más comunes de recordar a Álvarez Guedes ha sido contando sus chistes. Mientras muchos de ellos son “eternos”, es decir, mantienen su efecto cómico mucho más allá de su representación original, esta estrategia romántica del recuerdo no encierra completamente la compleja relación entre el espectáculo de Álvarez Guedes y el contexto social en el cual actuaba. ¿Qué nos pueden decir algunos de sus famosos espectáculos sobre la historia del exilio?

Miami no ha sido siempre un lugar que ha dado la bienvenida a emigrantes de Latinoamérica. En las décadas del 60 y el 70, muchos en Miami sentían cierto resentimiento hacia los recién llegados de Cuba, colgaban sus letreros de “no se permiten cubanos”. Las tensiones se agravaron aún más en 1980, cuando por causa del éxodo del Mariel se acrecentó ese sentimiento de animadversión a nivel local y nacional. Además de la cobertura negativa por parte de la prensa, este fue el período que dio paso al movimiento english only, con la propuesta de un referendo antibilingüe que resultó aprobado y que en noviembre de 1980, vuelto decreto, cambió la política bicultural y de bilingüismo establecida en el Condado Dade desde principios de los 70.

Algunos chistes de Álvarez Guedes, como la Clase de idioma cubano, y su disco más exitoso,How to Defend Yourself from the Cubans (1982), todavía nos hacen reír hoy por como plantea la idea de una clase donde se enseñan malas palabras a una imaginada audiencia de norteamericanos. Es precisamente en estos giros que hablan de las ya mencionadas dificultades que enfrentaba la comunidad exiliada donde Álvarez Guedes actúa como un tipo típico, un portavoz del exilio, resistiéndose al llamado de la integración cultural y a la vez impulsando una identidad cultural propia. Al someter a los cubanos a juicio en el tribunal de la opinión pública, Álvarez Guedes moviliza el choteo para invertir las relaciones de poder existentes en Miami.

En muchos de sus chistes sobre el idioma, los norteamericanos observan desde afuera, en el papel de extranjeros. En How to Defend Yourself from the Cubans, Álvares Guedes actúa mayormente con un leve acento en inglés, demostrando el choque de las culturas en dos idiomas y choteando también a los locales. Al representar su maestría del inglés e invocar los códigos familiares del choteo, Álvarez Guedes hace una declaración desafiante en contra de los modelos de integración norteamericana y a la vez enfatiza la vitalidad de la comunidad del exilio.

El humor ha sido un modo para narrar y analizar la realidad política que han enfrentado las comunidades cubanas desde la época colonial hasta el presente. El legado de Álvarez Guedes serán siempre los chistes que han disfrutado y disfrutarán tantas generaciones de dentro y fuera de la Isla. Guedes no fue un comentarista político, pero su humor contó frecuentemente una historia popular de cómo sus coterráneos manejaron la realidad vivida en el exilio, una realidad teñida por la carga política que inevitablemente traía la condición de expatriados.