LA HABANA, Cuba, mayo, http://www.cubanet.org -Los procesos de transición hacia la democracia, en los regímenes autoritarios y totalitarios, deberían estudiarse como una asignatura más entre la ciencia de la Politología, emanada del caudal de experiencias aportadas por la historia más reciente, sobre todo en los países de Europa.

La caída del comunismo en el continente Euro-asiático fue sin dudas uno de los principales acontecimientos de la historia universal, que acabó con un sistema ideológico causante de más de cien millones de víctimas.

Se citan como principales motores del derrumbe: el inmovilismo de las sociedades socialistas, las frustradas expectativas de sus ciudadanos, el nacionalismo, la disidencia de líderes como Lech Walesa y Vlacav Havel, las políticas militaristas de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, el advenimiento de un papa polaco, y, sobre todo, las acciones de Mijaíl Gorbachov, un líder que gozando de todos los poderes totalitarios, instauró programas de libertad de prensa y de opinión (glasnots), descentralizó y reestructuró la estancada economía soviética (perestroika), creó elecciones competitivas para nuevos parlamentos y líderes (demokratizatsiya), instituyó el estado de derecho (zakonnost), y dispuso una nueva política exterior que terminó con la Guerra Fría.

Las formas en que llegó el comunismo a estos países de Europa, influyeron de manera crucial en cómo pudieron deshacerse de él. Estonia, Checoslovaquia, Hungría, Polonia, Georgia, Lituania, consideraban el comunismo como una invasión extranjera, con pobreza, deportaciones y violencia. Por eso tuvieron una fuerte actividad disidente durante la era comunista. En otros países existía cierta legitimación, como Rusia, Ucrania, Bielorrusia y Serbia, por la pobreza que sufrían, el analfabetismo, la falta de democracias previas y la falta de conciencia de nación.

Las formas de lograr la transición en los países de Europa se puede dividir en varios grupos. En el primero, disidentes y nacionalistas pudieron derrocar a un recalcitrante Partido Comunista y formar un gobierno compuesto fundamentalmente por la oposición. Aquí están la Checoslovaquia de Vlacav Havel (donde grandes manifestaciones estudiantiles fueron seguidas por un paro general); la Georgia de Sviad Gamsajurdia, el Kyrgyzstán de Askar Akaev, y la Yugoslavia de Vojislav Kostunica.

En un segundo grupo, los partidos comunistas eran más flexibles y estaban dispuestos a negociar una transición, como en Polonia y Lituania. En un tercer grupo, los líderes comunistas llevaron el cambio de régimen por iniciativa propia y sin grandes presiones. Se denominó “la revolución desde arriba”, la cual dio pauta a una oposición moderada, que negoció con los moderados del gobierno. El ejemplo más elocuente fue la Unión Soviética.

En un cuarto grupo, ex funcionarios comunistas, que habían sido expulsados de la cúpula del Partido, utilizaron el movimiento democrático para tomar el poder, y acuñaron a estos procesos tintes de oportunismo y venganza. La Rusia de Boris Yeltsin, expulsado, en 1987, por Gorbachov); la Croacia de Franjo Tudman, expulsado, en 1971, por Tito; y la Rumania de Ion Iliescu, expulsado en los años 80, por Ceausescu).

Un quinto grupo, caracterizado por funcionarios de segundo nivel de la nomenclatura del régimen, que aprovecharon el momento para tomar la bandera reformadora, democrática o nacionalista, y lanzar un ataque al gobierno que antes aplaudían y servían. Son los casos de Gyula Horn, en Hungría, y Slodoban Milosevic, en Serbia.

El sexto grupo de países incluye los casos donde los Partidos se vieron obligados, por grandes presiones sociales, a fingir un rompimiento con el comunismo para sobrevivir. Así fue en la Ucrania de Leonid Kravchuk, la Letonia de Anatolijs Gorburnovs, y la Albania de Ramiz Alia.

A un séptimo grupo la transición llegó solo en apariencia, cuando los líderes comunistas, inesperadamente, se convirtieron en jefes de estados de naciones independientes, pero conservaron las estructuras represivas y la economía planificada, como en la Uzbekistán de Islam Karimov, la Belarús de Vyacheslau Kebich, el Turkesmistán de Sapumurad Niyazov, y el Kazajstán de Nursultan Nazarbaev. Y en el octavo grupo aparecieron Armenia, Azerbaiyán y Nagorno-Karabaj, donde los dirigentes solaparon conflictos inter-étnicos con fines políticos.

Diseñada a imagen y semejanza, y en estructura y forma de gobierno, a estos países del antiguo campo socialista, Cuba no encuentra todavía los caminos de la transición.

Su modelo económico y político se mantienen inamovibles, las libertades fundamentales continúan engavetadas a la espera de movimientos sociales impulsores de los cambios. El estado, el gobierno, el partido, las estructuras judiciales, legislativas, militares y represivas, siguen siendo Uno.

El trabajo de la oposición interna y el impulso añadido por la diáspora no han resultado efectivos para crear las condiciones objetivas y subjetivas necesarias en la Isla.

Las estrategias revolucionarias, enarboladas como reformas o aperturas, rectificación de errores y tendencias negativas, o actualización del modelo socialista, han sepultado las aspiraciones en los momentos de adecuadas coyunturas. La transición hacia la democracia continúa siendo, para la mayor de las Antillas, una asignatura pendiente.