La visita de nuestro Custodio de la Fe a Cuba dejó un manto de luces y sombras sobre lo que el propio Papa dice anhelar: una sociedad cubana renovada, donde prevalezcan la reconciliación y la inclusión, y en la que se respeten las libertades fundamentales.
Si, por una parte, el hecho resultó en una de las confrontaciones filosóficas y, por ende, políticas más publicitadas de los últimos tiempos entre dos visiones contrapuestas del mundo y del destino del hombre en el mundo, la de la Iglesia, centrada en la defensa del libre albedrío del ser humano, y, la del gobierno, aferrada a prohibirle a sus gobernados el principio universal de la libertad individual; por otra, el viaje terminó siendo un diálogo de sordos, a pesar de las concesiones de Su Santidad al régimen, como su negativa a conceder sesenta segundos de su sagrado tiempo a las Damas de Blanco, en contradicción con su propio discurso.
Benedicto XVI llevó su mensaje evangelizador a territorio dominado por un partido político declaradamente ateo que, en palabras atribuidas a Marx, pero aparecidas originalmente en textos de Feuerbach y Kant, dedicó medio siglo a sembrar la idea de que la religión es el opio de los pueblos.
Al margen de todas las maromas hechas por Fidel Castro en sus diálogos con el fraile dominico Frei Betto y otros religiosos de sus simpatías, las actividades de las iglesias en Cuba están controladas por la Oficina de Asuntos Religiosos del Partido Comunista. Nada se mueve sin la anuencia activa o pasiva de la cúpula comunista. No se construyen iglesias nuevas, al menos sin la aprobación del partido. Ni se permiten periódicos, revistas, espacios radiales o televisivos dedicados a la propagación de las grandes religiones. Toda la educación, desde la primaria hasta la universitaria, está en manos del Estado castrista, y no se permite, a ningún nivel, la enseñanza de la religión, ni el conocimiento de la Biblia, uno de los textos fundamentales en la cultura universal.
Cuando en su homilía de La Habana el Papa mencionó a Daniel, el personaje de uno de los Libros del Antiguo Testamento, una parte mayoritaria del auditorio no tenía la menor idea de quién era y qué hizo el joven sabio frente al poder del rey Nabucodonosor, de Babilonia.
El mensaje de Jesús, de “amaos los unos a los otros”, prevaleció por encima del discurso expresado por Raúl Castro durante la bienvenida al Papa en Santiago de Cuba, en el que, con otras palabras, ordenó a los cubanos odiarse los unos a los otros. Odien a Estados Unidos, a las Damas de Blanco. Odien. Odien. Odien.
Mientras el Papa hablaba de amor, esperanza, justicia, paz y reconciliación, Castro insistía en el pasado. En el ayer contra el futuro. Cuando Benedicto fustigó el fanatismo y la irracionalidad de quienes imponen al pueblo su verdad, el oficialismo respondió que no cambiaría ni un ápice su sistema político.
No obstante, el recibimiento dado a Benedicto XVI fue un hecho significativo, como lo fue la convocatoria al pueblo para que, catorce años después del viaje de Juan Pablo II, asistiera masivamente y por obligación a la misa en la Plaza de la Revolución, ante la presencia de Raúl Castro y demás mandamases del gobierno.
¿Qué sigue? ¿Habrá cambios, aperturas o avances en la conducción de la política partidista cubana hacia la religión? Si acaso los hay, serán muy pocos y a cuentagotas, siempre que no afecten la esencia y los pilares del régimen y su gerontocracia.
La visita fue positiva, con todas sus luces, sombras y limitaciones. La iglesia milenaria ha visto, pactado, padecido y convivido con emperadores, reyes, dictadores, demócratas y locos gobernantes a lo largo de muchos siglos, entre ellos Hitler, con quien mantuvo cordiales relaciones. Todos, incluso los más poderosos, fueron aplastados (algunos olvidados) por la historia.
La visita de Benedicto XVI sacó por unas horas a la Cuba castrista de una tendencia imparable hacia la ignorancia universal, frente a los grandes y reales dilemas contemporáneos (Corea del Norte, Israel, Irán, la crisis económica mundial, el hambre, la pobreza, el cambio climático, el narcotráfico, etc.). De repente la isla fue nuevamente motivo y lugar de discusión, aunque superficial, sin propuestas alternativas.
De momento, poco, tal vez nada, va a cambiar en Cuba. El Papa ya regresó a Roma y el general a su laberinto. No olvidemos, sin embargo, que la historia es un topo que actúa bajo tierra y de repente aparece en la superficie ignorada. Aunque la frase sea de Marx.
Director editorial y de noticias de América TV Canal 41. Las autoridades cubanas no respondieron a la solicitud de visas que hizo América TV Canal 41.

Tomado de: El Nuevo Herald
MIGUEL COSSIO.

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