Casi 400 años después que Juan de Hoyos, Rodrigo de Hoyos y Juan Moreno —los tres Juanes, como los llaman cariñosamente los cubanos— avistaron la aparición de una virgen que sostenía a un niño Jesús, mientras remaban desde su pequeño bote en medio de una tormenta, tuve la bendición de ver la estatua levantada en honor de ella en El Cobre, cerca de una antigua mina de cobre en una imponente iglesia sobre una colina en las afueras de Santiago, lugar que visité en peregrinación en el 2002.

Yo estaba informando desde la isla durante un viaje de un mes, pero las decenas de niños pobres reunidos a eso de media milla de la iglesia, donde se detenían los autobuses de los turistas, pensaron que yo era extranjera. “Tía, tía, aquí, aquí. Sólo dos dólares”, decían, mientras trataban de venderme alguna pieza de su selección de imágenes de madera de la virgen, del tamaño de una mano o de un palillo de dientes, dentro de una cúpula de cristal.

El amigo cubano que me había llevado allí me transportó. “Demasiado caras”, dijo. “Voy a comprar algunas en pesos cubanos, una vez que estés adentro, para que puedas darle una a mi primo en Orlando”.

En el interior, los cubanos y los turistas se mezclaban. Una chica festejaba sus 15 años, vestida con un traje blanco precioso, que probablemente le habían enviado de Miami, y portaba una vela en una procesión.

En el santuario, la pequeña imagen de la virgen, vestida majestuosamente en oro sobre un pedestal blanco, me trajo el recuerdo de la única Virgen de la Caridad del Cobre que yo había conocido, una copia traída por los exiliados desde Cuba en 1961 y que adorna la Ermita que está en la Bahía de Biscayne junto al Hospital Mercy, en Coconut Grove. Yo estaba en Santiago para informar, pero mi corazón cubano me dijo que rezara.

Estaba a medio camino en mi viaje a través del país que me vio nacer, ya bajo la atenta mirada de un agente del gobierno cubano que me había hecho saber claramente, sin decir una palabra, que me estaba siguiendo desde el aeropuerto de La Habana, donde había tomado el vuelo a Santiago. Saqué mi cuaderno de notas y mi bolígrafo y escribí una oración para dejarla entre los miles que habían sido depositados en una caja de oraciones a lo largo de décadas. “Dales la libertad”, escribí. “Salva a Cuba, Virgen querida”. A ambos lados de los pilares que rodean a la virgen había medallas enmarcadas de soldados, jóvenes y viejos —desde cadetes hasta coroneles— que le habían dejado sus honores como homenaje. En este pequeño espacio había como un destello de la libertad de expresión. A un lado estaban las medallas e insignias de los cubanos de antes de la revolución, los hombres del ejército de Fulgencio Batista.

Al otro lado estaban las medallas y las insignias de los revolucionarios de Fidel Castro. Ellos también buscaron consuelo en ella en los años 50 y muchos lo hacen aún hoy. Y allí, sobre una mesa directamente bajo ese marco, había un cartel pegado a la pared pidiendo la liberación de los presos políticos, entre los que una vez se contó Fidel Castro: “Virgen Mambisa, por la libertad de los PISIONEROS POLITICOS”, decía en grandes mayúsculas.

La Cuba de Castro, siempre un lugar de contradicciones, ha pasado 52 años encarcelando a personas cuyo único delito ha sido que no comparten la política del gobierno revolucionario de que un solo hombre gobierne en el supuesto nombre del socialismo. Fidel leía libros, comía bien y entretenía a los periodistas desde su celda en la cárcel durante su corta estadía en prisión bajo el régimen de Batista. No es así para los miles de hombres y mujeres cubanos que han sido encarcelados durante el medio siglo de dictadura: sus gobernantes ni siquiera han dejado que la Cruz Roja Internacional o un representante de Naciones Unidas visite las ruinosas cárceles de la isla, que ahora se calculan en centenares.

El jueves en Miami, los cubanoamericanos conmemorarán los 50 años de haber recibido una réplica de la Virgen, traída desde la localidad de Guanabo, para más de 30,000 exiliados católicos que llenaron el desaparecido Estadio Bobby Maduro para celebrar el día de su patrona. Digo conmemorarán porque es difícil celebrar la tiranía que trajo aquí a tantos.

Sin embargo, no pasa un solo día en que se hable del tema político cubano del momento: más detenciones de cubanos que se atreven a hablar en la isla; un concierto en Miami de Pablo Milanés, defensor de Castro; el liderazgo de la Iglesia en Cuba, que no parece dispuesto a adoptar una postura en contra de las terribles violaciones de los derechos humanos, excepto para ayudar al régimen comunista a poner a esos presos en un avión rumbo a España, o los corazones de los exiliados endurecidos, que llaman a parar todos los viajes de familiares a la isla, sin que yo me pregunte: ¿qué haría la Virgen?

Creo que la gente de buena voluntad puede no aceptar la política de Estados Unidos y Cuba, y así y todo compartir el mismo objetivo de libertad. Algunos cubanos de fe —católicos, protestantes y judíos— a veces han llegado a la conclusión de que Cuba es castigada por un poder superior debido a la terquedad de su pueblo. ¿Perdón? ¿Reconciliación? ¿Un reconocimiento del pecado por parte de los opresores? Ninguna de las partes quiere ceder.

La Virgen de la Caridad, que aplacó las aguas de la Bahía de Nipe, cuenta la historia, salvó a los tres jóvenes en 1604. Más de 500 años más tarde, después de sufrir durante 52 años el gobierno de un solo hombre, los cubanos esperan por su gracia.

Tomado: Myriam Márquez. El Nuevo Herald

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